SANTO DOMINGO, República Dominicana.- La insalubridad, falta de servicios básicos como agua potable, disposición adecuada de las aguas sanitarias, viviendas de madera carcomida por el tiempo, zinc en malas condiciones que hace que llueva dentro y campe fuera, entre otras precariedades, es la realidad de más de 200 familias en Los Barracones, en Los Alcarrizos, a 47 años del paso por el país del Huracán David.
A pesar del tiempo transcurrido, a partir del 31 de agosto de 1979, las huellas del poderoso fenómeno natural siguen marcadas en los barracones del municipio Los Alcarrizos con tres generaciones nacidas en ese lugar que han ido multiplicando pobreza, desilusiones por engaños, abandonos, enfermedades y muertes.
Ana Núñez, con 80 años, llegó a Los Barrones del Invi junto a su madre y sus 12 hijos, desde el barrio Los Guandules, Distrito Nacional, narra que durante la pandemia del Covid-19 un incendio arrasó el barracón donde vivía, por lo que sobrevivió por la solidaridad de vecinos que la refugiaron hasta que pudo levantar su techo poco a poco.
A pesar de que muy cerca el gobierno construyó un complejo de apartamentos, supuestamente para los damnificados de David, no fue favorecida, aunque estaba en la lista para ello, como siempre, a la hora del reparto alguien la sacó para incluir a otro no se sabe de donde.
En un reportaje publicado este martes en el periídoco Hoy, señala que aunque han pasado 47 años de sufrimiento, aún no pierde la esperanza de ser auxiliada por el gobierno, no solamente ella sino 120 familias que viven en extrema pobreza en el lugar.
Asimismo, Juan Labrón, llegó al lugar cuando apenas tenía 5 años, pero al igual que Ana Núñez, no salió agraciado con un apartamento de los construidos en la zona por el gobierno para los damnificados.
Expresa que se desenvuelven en medio de la escasez de agua potable, por lo que deben comprar el tanque de 55 galones a RD$120, mientras las aguas sanitarias tampoco cuentan con el manejo adecuado.

Barracones, algunos remodelados, en el barrio Invi de Los Alcarrizos, donde habita la señora Ana Núñez, quien llegó al lugar de Los Guandules, hace 47 años.
Historia viviente
Beatriz Báez es historia viviente del huracán David, llegó a los barracones de Canta La Rana con sus padres con apenas 15 años, ahí procreó a sus siete hijos que levantó a base de sacrificio, pero ya cuenta con 20 nietos y dos bisnietos.
Hija de Dolores Báez y Juan José Medina, fallecidos hace más de 30 años, es una de cinco hijos que procrearon sus progenitores.
Cuando llegó el ciclón David vivían junto a sus padres y hermanos en el ensanche Quisqueya, pero sus casa fue barrida por los vientos del fenómeno de donde fueron llevados como refugiados al Liceo Unión Panamericano, en el ensanche Miraflores.
De ese centro escolar, narra, fueron trasladados a Los Barracones de Los Alcarrizos, con la promesa de que estarían de manera provisional por seis meses, ya llevan 47 años cargando una cruz muy pesada entre el deterioro del hábitat y la insalubridad que lo rodea.
Recuerda que su hermano mayor fue uno de dos dominicanos que murieron ahogados luego de ser lanzados al mar por la tripulación de un barco filipino, en junio de 2005.
Los hijos
Precisa que estuvo siete hijos, todos en el barracón donde habita todavía, de los que dos fallecieron, tres viven prácticamente cerca, dos en los barracones y uno en el sector La Piña.
Expone que uno de los varones que murieron padecía de problemas respiratorios, como consecuencia de la insalubridad en que se desenvolvían, otro era epiléptico y falleció de un ataque en el hospital de Los Alcarrizos, Vinicio Calventi.
Sus hijos más pequeños tienen 27 años, mellizos que habitan en el sector Juanita, próximo al Centro de Los Alcarrizos, cada uno con dos hijos.
.Para poder levantar sus hijos, expone, se vio obligada a trabajar duro en casa de familia desde muy jovencita, lo que hizo hasta hacen tres año cuando las dolencias en su cuerpo ya no les permitían más.
Guayó la yuca
Señala que la situación por la que atravesaba era tan crítica, que en ocasiones trabajaba en tres casas de familia al mismo tiempo, en el último duró 17 años donde le permitían hasta llevar a uno de sus hijos.
De tanto trabajar, sobre todo planchar, Beatriz quedó con algunos dedos de las manos encorvados uno de los factores por lo que no pudo seguir laborando.
Lamenta que a pesar de los proyectos de apartamentos que construyeron diferentes gestiones gubernamentales, desde Joaquín Balaguer hasta Hipólito Mejía, no fuera favorecida, a pesar de que fue inscrita en listas para entrega.
Solicita al actual presidente Luis Abinader la remodelación de su barracón, porque cuando llueve es mayor la cantidad de agua que cae dentro que la que cae fuera, a pesar de que ha sido objeto de remodelación.
Sobrevivencia
Actualmente sobrevive por la ayuda de sus hijos, por lo que da gracias a Dios porque hasta ahora no las han abandonado, pero en medio de la insalubridad por falta de agua potable y disposición de las aguas sanitarias muy precaria.
Cuando llueve todo se moja dentro, debido al mal estado del zinc por el paso de los años y la precariedad de la familia para sustituirlo.
A pesar de que todos sus hijos hicieron sus vidas fuera del barracón, su hija Carmen Cecilia regresó con cuatro hijos, debido a que su barracón está en proceso de remodelación hace cinco años a menos dos cuadras.
Carmen Cecilia Báez se busca la vida bregando con especias como canela, clavo dulce, aní, malagueta, manzanilla, canelilla y otras, las que enfunda para luego salir a vender a las calles.
Los pocos recursos que genera en su labor, apenas alcanza para comer una vez al día, por eso no ha podido reunir los recursos para terminar su casa en Los Barracones.
La engañaron
Desireny Feliz Matos, indica que deambula por las calles desde 1996 cuando fue desalojada por el gobierno encabezado por Leonel Fernández para dar paso a la construcción de apartamentos para los damnificados, pero no recibió un centavo, tampoco una vivienda.
Desde entonces, señala, ha tenido que someterse al trabajo duro para sobrevivir, pero con más de 70 años está cansada, enferma y llena de incertidumbre porque no sabe de que manera terminará en esta tierra.
Todos los días camina más de un kilómetro hasta llegar a un lugar donde tiene que pelar por lo menos 500 plátanos para poder vivir.