SANTO DOMINGO, República Dominicana. -A los héroes del 30 de mayo, como Antonio de la Maza y al general Juan Tomás Díaz, no se les honra solamente con flores, actos y discursos, sino defendiendo las instituciones, rechazando el abuso de poder, combatiendo la corrupción y construyendo una República donde nunca más el miedo sustituya la ciudadanía.

Así lo resumió Elfrida Díaz, hija de Juan Tomás, en sus palabras del acto del 65 aniversario del asesinato de su abuelo y de Antonio de la Maza, en el lugar donde cayeron el 4 de junio de 1961, en la calle Bolívar esquina Julio Verne, Gazcue, Distrito Nacional.

Diego Nicolás, nieto de Antonio de la Maza, exhortó a la juventud dominicana mantener las llamas de la libertad encendieron sus antes pasados para que esta jamás se apague, ya que con el olvido se condena a repetir la historia que jamás debe volver.

 El presidente de la Comisión Permanente de Efemérides Patrias (CPEP), Juan Pablo Uribe, se suscribió en las palabras de los familiares de los héroes, ya que se les honra con la defensa de la democracia y ampliando la institucionalidad, la fortaleza, estructuración orgánica del sistema que hoy disfrutan los dominicanos.

Afirmó que gracias al sacrificio de hombres como Juan Tomás Díaz y Antonio de la Maza, así como demás del 30 de mayo, los patriotas del 27 de Febrero de 1844, hoy se disfruta de una estabilidad democrática como pocas en hemisferio.

Elfrida Díaz manifestó que “nos convoca el nombre de Antonio de la Maza Vasquez y del General Juan Tomás Díaz Quezada, ambos protagonistas de la epopeya libertaria del 30 de mayo y mártires cuya sangre fue derramada en los días posteriores, cuando la tiranía herida quiso vengarse del valor que no pudo dominar, porque estamos aquí no solo para rendir homenaje, sino para comprender la profundidad histórica de sus actos”.

Expresó que hay hombres que viven para sí mismos, y hay hombres que aceptan arriesgarlo todo para que un pueblo entero vuelva a respirar.

Cuando evocamos el 30 de mayo de 1961, precisa, no se  habla solamente de un ajusticiamiento político, se habla   del instante en que una sociedad agotada por décadas de persecución, vigilancia y culto al miedo, encontró hombres dispuestos a jugarse la vida por el derecho de todos a vivir sin cadenas.

Consideró que aquella noche no cayó únicamente un dictador, sino también la idea de que el terror era invencible.

Pero luego llegó la represalia, el crimen, la cacería, la furia de un régimen moribundo que quiso castigar a quienes habían abierto la puerta de la esperanza.

Y en ese contexto, subraya, fueron asesinados vilmente por los esbirros cobardes de la tiranía trujillista, Antonio de la Maza Vasquez y el General Juan Tomás Díaz Quezada. Sus verdugos pensaron que eliminaban enemigos; la historia los convirtió en inmortales.

¿Qué nos dicen hoy estos héroes? Nos dicen que la libertad tiene precio, que la dignidad exige valentía; que ningún progreso material justifica vivir sin derechos, que cuando los mejores callan, los peores mandan. Y que un pueblo sin memoria corre el riesgo de repetir sus tragedias.

A la juventud dominicana exhorta mirar estos bustos como metal o piedra, como conciencia viva. Pregúntense qué harían ustedes frente a la injusticia, qué comodidad sacrificarían por la verdad, qué riesgos asumirían por el bien común.

La CPEP conjuntamente con la Fundación Hermanos de la Maza y la Fundación Héroes del 30 de mayo, celebraron un emotivo acto de recordación en honor a los héroes antitrujillistas citados en el 65 aniversario de su asesinato.

Diego Nicolás, nieto de Antonio de la Maza leyó un discurso en el cual destacó que su abuelo y Juan Tomás Díaz juntos planificaron el fin del régimen, ampliaron el grupo de conspiradores con un profundo sentido de unidad y lealtad, y ejecutaron el ajusticiamiento del tirano.

De la misma manera, decidieron morir juntos, dejándonos un legado de compañerismo inquebrantable que debe servir de guía para quienes luchamos por preservar la verdad histórica.

Ellos, junto a sus valientes compañeros, sellaron el pacto más alto que un ciudadano puede ofrecer: entregar su propia vida para que nosotros respiráramos libertad.

Al decapitar la tiranía trujillista, nos devolvieron la dignidad como seres humanos. Por eso, sus nombres no pertenecen al pasado; están grabados para siempre en las páginas más gloriosas de nuestra historia.

El tiranicidio no fue un suceso fortuito. Fue el mayor acto de justicia y redención de nuestra historia contemporánea; el grito que rescató a la patria de treinta y un años de terror, sangre y humillación.

Recordó que el 29 de mayo de 2021, durante la inauguración de la exposición «1961: el año de la libertad», celebrada en el Centro de los Héroes, el presidente Abinader manifestó: “Honremos también hoy aquí a los que vendrán mañana para mantener la antorcha encendida de nuestra libertad”.

Sin embargo, expuso, la libertad es una llama frágil y la memoria suele ser esquiva, exige un resguardo constante para que ese fuego sagrado, que ellos encendieron con su accionar libertario, jamás llegue a extinguirse.

De lo contrario, por culpa del olvido, terminaríamos entregando a las futuras generaciones una antorcha apagada.

Por eso, dice, resulta doloroso e incomprensible que, a 65 años de aquella hazaña, la RD mantenga una herida abierta con sus libertadores.

Estima desgarrador saber que todavía hoy, nadie puede decir con certeza dónde descansan los restos de la mayoría de ellos.

Sostuvo que fueron víctimas de la crueldad de la dictadura, pero también de un largo y espeso silencio cómplice.

Señala que ya en diciembre de 1961, el doctor Eduardo Sánchez Cabral se lo advertía al presidente Balaguer en una carta desgarradora: los hijos de estos hombres quedaron como “huérfanos de la patria”.

Y hoy, más de seis décadas después, esa orfandad moral continúa. Sus familias no tienen un lugar sagrado donde llorar a sus muertos o elevar una oración, y la sociedad tampoco cuenta con un altar público donde rendirles el tributo que ganaron con su sangre.

Considera que liberan a un pueblo no merecen el olvido del anonimato. Su lugar legítimo no es la incertidumbre de la tierra perdida; su lugar es el mármol de los inmortales.

Y ese espacio sagrado tiene un nombre: el Panteón de la Patria. Allí es donde deben ser trasladados sus restos, y allí es donde sus nombres tienen que quedar esculpidos en piedra para las futuras generaciones.

“Solo así daremos un testimonio real de justicia y saldaremos una de las deudas morales más graves de nuestro Estado democrático”, subraya.

“Señor presidente Luis Abinader: la Fundación Héroes del 30 de Mayo, la Fundación Hermanos de la Maza y nosotros, los familiares que cargamos con este orgullo y este dolor, apelamos hoy a su alta investidura”, exponen en el discurso.

La historia y la dignidad nacional exigen que el Panteón de la Patria abra, por fin, sus puertas a los hombres que nos devolvieron la libertad.